miércoles, 4 de julio de 2012

¿Por qué en Colombia nunca quisieron a Bolívar? - Zaratustrasitiodefrankdavidbedoyam

Lo encontre y pme parecio excepcional

¿Por qué en Colombia nunca quisieron a Bolívar? - Zaratustrasitiodefrankdavidbedoyam

¿Por qué en Colombia nunca quisieron a Bolívar?



Texto completo de la conferencia presentada por el historiador Frank David Bedoya Muñoz el 12 de marzo en el Pequeño Teatro de Medellín.
Hay un pasaje muy conmovedor en la novela El general en su laberinto de Gabriel García Márquez, que creo resume bastante bien lo que hoy vengo a decir aquí.

Transcurrían los últimos días del Libertador: “Era el fin. El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre. Había arrebatado al dominio español un imperio cinco veces más vasto que las Europas, había dirigido veinte años de guerras para mantenerlo libre y unido, y lo había gobernado con pulso firme hasta la semana anterior, pero a la hora de irse no se llevaba ni si quiera el consuelo de que se lo creyeran”.[1]

Existe una gran paradoja en nuestros orígenes políticos, el hombre que después de haber dirigido exitosamente las guerras de emancipación y que fundó la gran nación colombiana en el año 1819, terminó siendo vilipendiado, calumniado y desdeñado. El amor que suscitó, muy pronto se convirtió en temor y odio. ¿Recuerdan estas amargas y célebres palabras de despedida?: “Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono”.[2] Nada en estas palabras era retórica.

¿Por qué esta tragedia? ¿Cómo se llegó a este estado de insensatez? Adelantemos un intento de respuesta. Los enemigos de Bolívar temían que él se convirtiera en un rey y los amigos de Bolívar querían que él se convirtiera en un rey. Él sabía que esto era absurdo, que su fin no era alcanzar un trono, que su fin era la realización de la libertad. Que si hubiera querido ser un rey, tranquilamente tenía el poder para serlo, y sin embargo, prefirió proponer —atención: proponer, no imponer—, un modelo de constitución para América, pero la vida no le alcanzó para defender su proyecto constitucional, la vida no le alcanzó para detener la desintegración y el fin de Colombia, la vida no le alcanzó para aguantar la avaricia, la impertinencia y el débil coraje de los demás.

No fue una exageración lo que algún día escribió Germán Carrera Damas: “Colombia fue una república de un solo ciudadano”.[3]

¿Por qué en Colombia nunca quisieron a Bolívar? ¿Tiene algún sentido plantear esta pregunta ahora? ¿No será más bien la testarudez de un historiador que no sabe en qué tiempo y en qué lugar está? ¿Para qué carajos esa pregunta ahora? Pues bien, hoy vengo a decir, que en las posibles respuestas a esta pregunta encontramos una clave para entender parte del fracaso político que hemos acumulado en estos 200 años. Hoy vengo a decir que el camino que tomó la nación colombiana, el camino de imitar ciegamente el liberalismo occidental, el camino que Bolívar advirtió que sería tan peligroso para nuestro porvenir, ese camino de no ser autóctonos e imitar ciegamente las formas políticas del Atlántico Norte, ese camino, digo, aún hoy, nos conduce hacia más grandes precipicios que aquellos en los que ya hemos caído.

Ustedes saben que muy pronto los seguidores de Santander y él mismo, se llamaron a sí mismos ampulosamente liberales. ¡Ay Santander! La verdad hoy no quiero hablar mucho de él… Ya basta con las conferencias que le dediqué hace poco para develar su perfidia[4]. Sí, se llamaron liberales, y pensaron que con eso bastaba. ¿En qué consistía ese liberalismo? Escuchemos la magnífica respuesta que recientemente dio el historiador John Lynch: “Los liberales no eran borregos. Ellos también querían poder absoluto. Para la gente como Santander, ser libre significaba gobernar a otra gente. La posesión del gobierno, ésa era la piedra de toque de su liberalismo. Para parafrasear a Alberdi, que advirtió una tendencia similar en Argentina, a los liberales colombianos nunca se les ocurrió respetar las opiniones de los que estaban en desacuerdo con sus ideas”[5]. Hay veces que no logró entender por qué la ingenuidad política en Colombia. ¿Liberales? ¿Liberalismo? ¿Acaso no sabemos ya, que ha hecho el liberalismo colombiano en 200 años? ¿Si lo que salvaría a Colombia después de despreciar las ideas políticas de Bolívar era el liberalismo de Santander, por qué nunca juzgamos entonces su gobierno liberal que duró casi una década después de la muerte del libertador? ¿Liberalismo colombiano? ¿Todavía alguien decente cree en eso?

Y lo peor, han dicho: 'Si Santander era liberal entonces Bolívar por ende era conservador'. Pobre Bolívar, aún debe de estar revolcándose en su tumba por esto, hasta el conservadurismo colombiano se lo achacaron. ¿No se acuerdan acaso que Mariano Ospina Rodríguez mucho antes de fundar el partido conservador participó en el atentando que buscaba asesinar a Bolívar en la noche del 25 de septiembre de 1828? Muchos retruécanos tuvieron que hacer los godos para forzar la idea de que Bolívar era el padre de su partido. Y esto no es todo, ¡que el principal defensor de Bolívar a mediados del siglo XX en Colombia sea el tirano y fascista Laureano Gómez! Reconózcanme, si no es verdad que a Bolívar en Colombia le fue muy mal hasta después de muerto al relacionarlo con esa gentuza. Partidos liberal y partido conservador en Colombia, eso no tiene nada que ver con la vida y obra de Simón Bolívar. Liberalismo y conservadurismo en Colombia, y que en su nueva versión de bipartidismo uribista-santista, han sido nuestra fatalidad.

Una querida amiga y un buen compañero de luchas políticas al ver el título que le puse a esta conferencia, me hicieron amablemente la observación de que a Bolívar sí lo quisieron acá, ya fueran algunos militares de la época de la independencia, ya fueran los gobiernos posteriores que inundaron de estatuas de Bolívar cuantas plazas y parques hay en Colombia. Yo digo hoy, que eso no es haber querido a Bolívar. Bolívar murió solo, no sólo padeció la perfidia de sus enemigos sino la impertinencia de sus amigos. Respecto de las estatuas, sí hay muchas, en cada pueblo hay una, pero las gentes de esos pueblos no saben quién fue Bolívar, sobre todo no saben cuáles son la tragedias de nuestros orígenes, esa historia no se la saben, bueno ni esa ni ninguna. Ya lo han reiterado algunos, y es verdad, estatuas de Bolívar tan solo para que se las caguen las palomas.

¿Por qué en Colombia nunca quisieron a Bolívar? Hagamos un poco de historia.

John Lynch señala que para Bolívar “fue un cruel sino el que en el mundo que había creado nadie fuera su igual y cualquiera pudiera convertirse en su crítico”[6]. Efectivamente, era una triste paradoja que en aquel inmenso territorio liberado por Bolívar, inmediatamente todos en cada rincón, comenzaran a desestabilizar, a inventar artimañas y a arrogarse su papel de estadistas  que no eran y que tan sólo, en verdad, los movía la ambición de tomar cada un trozo de poder.

No se había ido el último español, y ya comenzaban por todas partes movimientos de desintegración y revueltas. En cada parte una nueva querella. No se olviden que este territorio es lo que es hoy Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, y Bolívar tendría que ir y venir en caballo para tratar de mantener la unión en esa inmensa parte del mundo que libertó. Es en ese contexto y a propósito de la nueva creación de Bolivia, que el Libertador decidió formular un proyecto constitucional pertinente para solucionar el caos de su gran patria América. Como ya se ha dicho, Bolívar no quería imitar las constituciones liberales, ni mucho menos las retrogradas monárquicas, él tenía claro que la América requería unas leyes propias a las difíciles y únicas circunstancias que teníamos.

El pensamiento político de Bolívar se concretará en su Constitución de Bolivia, aquella misma que será la más criticada por sus contemporáneos, ni en la misma Bolivia se aplicó en su totalidad, él la proponía para toda su América libertada, nadie se la aceptó. En términos generales, nos explica el historiador Mario Hernández Sánchez-Barba, que el proyecto constitucional de Bolívar configuraba tres campos políticos: “En el campo de las libertades, la abolición de las castas, la esclavitud y los privilegios; respondiendo al deseo igualitarista, el Poder Electoral era una vía para conseguir el equilibrio social. Y el campo más importante y decisivo, era la creación de un poder presidencial […] La solución constitucional de Bolívar ofrece una solución política; rechaza el Estado absolutista, pero sin el debilitamiento del Estado que, estima, es el defensor natural de los débiles y el mejor instrumento capaz de extender el bien público a través de las leyes que corrigen las diferencias que pudieran producirse en la relación política, es decir, en la convivencia social”[7]. En realidad el proyecto constitucional de Bolívar era bastante lúcido, original y defensor de lo público, pero sus contemporáneos sólo se fijaron en el aspecto más polémico, la constitución contemplaba para el poder ejecutivo una presidencia vitalicia con derecho a elegir su sucesor. Hasta ahí llegó el amor al Libertador, en adelante, todos le reclamarían que eso era, simplemente, una monarquía. Nadie entendió nada. Bolívar explicó en su discurso de presentación del proyecto constitucional este punto polémico, así: “El Presidente de la república viene a ser en nuestra Constitución como el sol que firme en su centro da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquía, se necesita, más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos, los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un antiguo, y moveré el mundo”[8]. Hablaba de una presidencia vitalicia, no de una monarquía. En su correspondencia se refería a su constitución así: “Yo no encuentro otro remedio que el de la Constitución Boliviana: en ella se encuentra reunido por encanto la libertad más completa del pueblo con la energía más fuerte en el poder ejecutivo”[9]. “El código boliviano es el resumen de mis ideas, y yo lo ofrezco a Colombia como a toda la América”[10].

Nadie quiso discutir siquiera este proyecto. Bolívar terminó admitiendo con pesar que su proyecto de constitución no era querido. Nunca la impuso, este hecho casi nunca se menciona, la Constitución de Bolivia quedo sin ser utilizada, su autor se la guardó para sí. Más allá de discusiones constitucionales, es importante resaltar un hecho que acrecentaba el temor a una presidencia vitalicia, pues que muchos estaban esperando la muerte de Bolívar para obtener el poder presidencial; el primero, Santander, todos sabían que el sucesor que Bolívar elegiría era Sucre, quien, dicho sea de paso, no tenía ninguna ambición política. De esos temores es que se nutrirá el liberalismo, se les estaba insinuando que no tendrían la oportunidad de gobernar. Como bien lo expresa John Lynch, para Bolívar, “la constitución boliviana fue su última solución, la expresión final de sus esperanzas, pero, como sospechaba, sólo Sucre estaba en condiciones de aplicarla y gobernar en su ausencia. Si Sucre era rechazado, ¿qué podía esperarse entonces? No había otros procónsules conformes con ella. A medida que arrastraba su constitución boliviana de un país a otro, ésta se convirtió en un lastre en su equipaje del que no tenía forma de deshacerse. La presidencia vitalicia en particular era un escollo: cerraba el camino al éxito a todos los demás candidatos; negaba a los políticos las gratificaciones de poder y a sus protegidos los frutos de sus cargos”[11].

Pero el asunto es más complejo. En un reciente estudio crítico de la independencia: La majestad de los pueblos en la Nueva Granada y Venezuela, María Teresa Calderón y Clément Thibaud arrojan nuevas luces sobre un problema poco estudiado, y es que pasar de la Majestad del Rey a la Soberanía de los pueblos, es un proceso que no se hace tan fácil, o en todo caso no tan rápido. El hombre moderno ha sido supremamente ingenuo al pretender que de un día para otro se pase de adorar a un rey, a la práctica democrática pura; como si al otro día de mocharle la cabeza al rey ya las masas esclavizadas y fanáticas, por arte de magia, se convirtieran en ciudadanos ilustrados haciendo lúcido uso de su cédula electoral; qué tan rápido olvidamos, que la misma Revolución Francesa, no logró terminar el propio caos que creó, hasta no experimentar nuevamente una nueva majestad, la de Napoleón Bonaparte, no la soberanía del pueblo propiamente.

Pues bien, según Calderón y Thibaud, en nuestro caso “la figura del caudillo suplanta a la del monarca, pero no subvierte sus atributos: se calca sobre ellos. Al igual que el soberano desaparecido, Bolívar es uno y único. A pesar de que no participa de una condición sobrenatural, su preeminencia no conoce equivalente en este bajo mundo. Su superioridad es radical. La gloria y las hazañas libertarias lo impulsan a una altura desde la que sólo se manifiestan las verdades inmutables que remiten al más allá. Su autoridad parece así garantizada por Dios. Al igual que el soberano de derecho divino, su presencia le confiere un punto de anclaje al orden mundano, sustrayéndolo del cuestionamiento que embarga a los mortales, de sus juicios, siempre precarios y cambiantes. Elevar al Libertador al lugar de monarca, consagrarlo emperador, en un movimiento que recuerda a Bonaparte, no constituye pues un deslizamiento que subvierte el proyecto republicano, atribuirle a la veleidad y la ambición personal, sino que evidencia esta dimensión de su autoridad que irá aflorando a lo largo de la crisis”.[12] 

¡Claro! No es que Bolívar quisiera una monarquía como lo acusan los liberales, no es que tan sólo tergiversaran su constitución boliviana, no es que Páez se hubiera enloquecido al sugerirle que se coronara, no es que Santander el más ilustre liberal, quisiera salvar al pueblo de las ansias monárquicas de Bolívar, es que acá no se pasó ni un ápice de la Majestad del Rey a la Soberanía del pueblo. Ya nos lo decía también John Lynch en su prefacio a su reciente trabajo biográfico: “Simón Bolívar tuvo una vida corta pero extraordinariamente plena. Fue un revolucionario que liberó seis países, un intelectual que debatió los principios de la liberación nacional, un general que libró una cruel guerra colonial. Inspiró a la vez devociones y odios extremos. Muchos hispanoamericanos querían que se convirtiera en su dictador, en su rey; mientras que otros lo acusaron de ser un traidor, y hubo quienes intentaron asesinarlo. Su memoria se convirtió en inspiración para generaciones posteriores pero, al mismo tiempo, también en un campo de batalla”[13].

Y Bolívar en medio de esta marejada, tanto los que lo querían como los que lo odiaban lo estaban midiendo con la Majestad de un rey, con razón nadie se detuvo a discutir siquiera sus ideas políticas; para discutir sobre constituciones se requería pasar de la Majestad del Rey a la Soberanía del Pueblo y eso acá no ocurrió. Es más, creo que aún después de 200 años no ha pasado. Cualquier presidentico mafioso acá todavía es adorado con la majestad de un rey.

Mientras tanto Bolívar sobresaltado escribía y escribía, pero nadie le prestaba atención, escuchen algunas de estas frases que he seleccionado de sus cartas. Son desgarradoras en su honestidad y desventura:

“Parece que el demonio dirige las cosas de mi vida”[14].  “Más miedo le tengo a Colombia que a la misma España”[15].  “Libertador o muerto es mi divisa antigua. Libertador es más que todo; y, por lo mismo, yo no me degradaré hasta un trono”[16].  “No sé cómo salir de este laberinto”[17]. “Yo podría arrollarlo todo, mas no quiero pasar a la posteridad como tirano”[18].  “Lo que hago con las manos lo desbaratan los pies de los demás. Un hombre combatiendo contra todos no puede nada”[19].  “Mi mayor flaqueza es mi amor a la libertad; este amor me arrastra a olvidar hasta la gloria misma. Quiero pasar por todo, prefiero sucumbir en mis esperanzas a pasar por tirano, y aún aparecer sospechoso. Mi impetuosa pasión, mi aspiración mayor es la de llevar el nombre de amante de la libertad”[20].  “Cuál será mi posición y mis embarazos, teniendo que luchar contra las pasiones de mis enemigos y aún contra los clamores de mis amigos”[21].  “Serán los colombianos los que pasarán a la posteridad cubiertos de ignominia, pero no yo… Mi único amor siempre ha sido el de la patria; mi única ambición, su libertad. Los que me atribuyen otra cosa, no me conocen ni me han conocido nunca”[22].  “¡Miserables, hasta el aire que respiran se lo he dado yo, y yo soy el sospechoso”[23]. “Mi corazón está quebrantado de pena por esta negra ingratitud; mi dolor será eterno”[24].  “Yo no puedo vivir entre asesinos y facciosos; yo no puedo ser honrado entre semejante canalla… Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado, y mal pagado. Yo no pido por recompensa más que el reposo y la conservación de mi honor: por desgracia es lo que no consigo”[25]. “Jesucristo sufrió treinta y tres años esta vida mortal: la mía pasa de cuarenta y seis; y lo peor es que yo no soy un Dios impasible, que si lo fuera aguantaría toda la eternidad”.[26]

Y no era para menos, recordemos brevemente lo que pasó en tan poco tiempo.

En 1824 ha quedado libertada toda la América. No han pasado dos años y Santander quiere someter a Páez, Páez no se deja y amenaza con separar a Venezuela de Colombia, Bolívar no sabe qué hacer, si le sigue el juego a Santander pierde a Venezuela, si interviene a favor de Páez logra sostener unido a Venezuela pero se enoja Santander. Bolívar opta por lo último y ratifica a Páez como jefe superior de Venezuela. El congreso que debería celebrase en 1831 se adelanta y se realiza la convención de Ocaña, allí se enfrentan los santanderistas con los bolivaristas, Bolívar no sabe cuál de las dos facciones es peor, ya no tiene esperanzas. De la convención no sale nada y le toca asumir el mando entre las más agitadas revueltas, esta nueva posición lo enferma más. El 25 de septiembre de 1828 en Bogotá intentan asesinar a Bolívar. Manuelita lo  salva, la libertadora del Libertador. Pero Bolívar ya está muerto en vida. Los culpables son fusilados, menos uno, Santander, quien se le comprobó su culpabilidad pero a Bolívar le sugieren que a este se le dé el indulto y sólo lo mandan al exilio. Entre tanto Perú se rebela y se apodera de Guayaquil. Bolívar corre al Ecuador, con la ayuda de Sucre controlan al Perú. A finales de 1829 Bolívar regresa a Bogotá, le llegan las cartas de sus amigos sugiriéndole que se haga coronar, Bolívar desaprueba categóricamente tales ideas. Acá en Antioquia el valeroso José María Córdova creyendo las estupideces de que Bolívar se iba a coronar se levanta en armas con 300 hombres en contra del Libertador, después del combate un irlandés del ejército patriota asesina al bravo león. Otra muerte innecesaria y absurda. Unos quieren que sea rey, otros le atribuyen que él quiere ser rey. Todo era un caos, una locura, Bolívar no aguanta más. El 20 de enero de 1830 presenta su renuncia a la presidencia ante el Congreso. Es hora de partir, en la más profunda desilusión Bolívar se va pero no sabe para dónde. ¡Qué ironías, ahora que tan sólo es un ciudadano pide permiso al Congreso para irse para Venezuela y se lo niegan! El 8 de mayo salé de Bogotá hacia su destino final. Como no tiene dinero con que irse deja a Manuela en la fría Bogotá rodeada de canallas, y sale para la costa, a ver cómo consigue recursos para salir del país. Otra ironía, el creador de Colombia se acuerda que no tiene pasaporte para salir del país. Mientras que Bolívar hace su último viaje se entera que su discípulo y amado Sucre es asesinado el 4 de junio en Barruecos, un guerrero noble cuya única ambición era irse a descansar con su esposa e hija, asesinado únicamente por querer y serle fiel a Bolívar. Se acaba la época de los héroes y comienza la de los asesinos. Bolívar ya sólo espera la muerte en una finca prestada, sin nada, todo lo que había hecho y “a la hora de irse no se llevaba ni si quiera el consuelo de que se lo creyeran”[27]

Cuando Bolívar salió por última vez de Bogotá, nos relata Lynch, “La turba salió a las calles para celebrar la partida de Bolívar quemando retratos suyos y gritando a favor de Santander”[28].

Toda esta historia es también edípica. Bolívar es el padre, al que se adora y se venera, pero también el que se teme y se odia, al que también se quiere matar y santificar, ¿cómo purgar la culpa de todos sus asesinos? Colgando miles de cuadros con sus imágenes y erigiendo miles de estatuas, ¿no?

La historia de los pueblos creados por Simón Bolívar, muestra que éstos no siguieron su enseñanza, no siguieron el rumbo que les trazó su padre. Gilette Saurat en un breve párrafo relata lo que ocurrió después de la muerte de Bolívar: “Con la muerte de Bolívar acabó el tiempo de los héroes, y comenzó el tiempo de los asesinos. Santander regresó del destierro para presidir al fin solo los destinos de una república que repudiaría hasta el nombre de Colombia para tomar el de Nueva Granada. José Hilario López se instalará, también, con la frente en alto en el solio del primer magistrado del país, y lo mismo José María Obando. Desde entonces la vida política tendrá el semblante de esos hombres, estrechez, demagogia, crueldad. Bajo etiquetas diferentes, sus herederos ocuparán por turnos el proscenio. Se darán golpes de pecho en nombre de la patria –de ellos ésta no recibirá grandeza alguna- y del pueblo que sólo conocerá la ignorancia, la miseria y la servidumbre. Así se preparará el soporte de una estirpe de tiranos que abandonarán el continente a la explotación económica del extranjero”.[29]

¿No ha sido ésta nuestra historia desde 1830 hasta hoy? Efectivamente, vivimos todavía el tiempo de los asesinos, recuerden el asesinato de Rafael Uribe Uribe, el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, ¿saben ustedes cuántos asesinatos políticos se han dado en Colombia desde la muerte de Bolívar hasta hoy? La respuesta exacta no la sabemos, pero los que sí sabemos, es que la cifra es considerablemente monstruosa y extravagante. “Os ruego que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos”[30]. Esa era su súplica, ya ven, hasta el momento hemos hecho todo lo contrario. Sin embargo, la presencia de Bolívar sigue allí, en los campos de la eternidad. No es un juego, no es sentimentalismo, no es sólo material para poetas; Bolívar, su memoria, sigue haciendo una advertencia, si Suramérica no es libre, no será nada.

El historiador Mario Hernández Sánchez-Barba juzgó la función de Simón Bolívar en la historia de esta manera: “El problema para Bolívar radicó en cómo llevar a cabo un proyecto, cuando le falla el «Poder Constituyente» y la «Sociedad Civil». […] En el pensamiento de Bolívar existe, por una parte, una evidente coherencia, y, por otra, una considerable persistencia en torno al inconmovible principio de la unidad. […] Su objetivo básico era la creación de una República fuerte, sobre su propia autoridad personal y el prestigio alcanzado en la guerra triunfante. Para establecer este sistema de poder trató de conseguir una institucionalización capaz de ahormar la nueva situación política, una vez que había quedado destruida la sólida red vertical de instituciones españolas. […] Bolívar, ilustrado en su formación y romántico en la acción, entregó su vida activa a un ideal político: conseguir la unidad en la organización de la convivencia, lo que llevó a la sima profunda de la frustración. Intentó, hasta la muerte, un nuevo ordenamiento de la sociedad, pero el ambiente no resultó en absoluto propicio, pues el pueblo, de modo especial en tiempo de revolución y de cambios rápidos, visceralmente inasimilables, era mucho más proclive a la dispersión, el cantonalismo y la soberbia de la individualidad, que al orden, la unidad y la afirmación de las instituciones entendidos no sólo como valores básicos, sino esenciales para el buen funcionamiento de una comunidad como la que quiso —y no pudo— conseguir Bolívar”.[31]

Por su parte John Lynch al juzgar el legado de Bolívar escribió: “Bolívar no era idealista hasta el punto de creer que América estaba preparada para una democracia pura o que la ley podía anular de forma instantánea las desigualdades producto de la naturaleza y la sociedad. En su opinión hasta que los pueblos de Hispanoamérica no adquirieran las virtudes políticas, […] los sistemas de gobierno popular, lejos de ser una ayuda, podían ser su ruina. Bolívar no confiaba en el pueblo como masa, la herencia del sistema colonial, y, para conseguir que estuviera preparado para la libertad, era necesario reeducarlo bajo la tutela de un poder ejecutivo fuerte. […] Criticar a Bolívar, como se le criticó en su época y como no se ha dejado de hacerlo, por no ser un demócrata liberal, sino un absolutista conservador, es descontextualizar la discusión. Del mismo modo en que había respondido a quienes querían convertirlo en un monarca que «ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón», Bolívar habría podido decir a sus críticos liberales «ni Colombia es Estados Unidos, ni yo Washington». […] Esta no era la sociedad homogénea del norte del continente, sino una población multiétnica, en la que cada raza tenía sus propios intereses y, así mismo, su propia intolerancia.”[32]


Bolívar es el creador de Suramérica. Fundó nuestra identidad colectiva. Él está más allá de las facciones y de los partidos. Bolívar es una idea de libertad que nunca termina. Así muchos le quieran restar su protagonismo en la lucha de independencia, es imposible desligarlo de los acontecimientos que nos constituyeron. Su legado político, su postura republicana es impecable y paradigma de creación política para todo el mundo; si sus ideas fueron mal entendidas y viciadas no fue culpa de él. Si Colombia se hizo goda y santanderista no fue culpa de él.

República, unidad y libertad. Esta fue la lección de Bolívar para Suramérica. Hoy día cuando nuestros males no dejan de suceder, se hace más vigente la vida y obra del Libertador. Su gloria cada vez se hace más grande y quizá falte mucho tiempo para que lo reconozcamos y lo tomemos en serio, pero aún así, a pesar del actual desconocimiento que sobre él hay en Colombia, su gloria crece más.

A mediados del siglo XIX y XX en Colombia se creó un Bolívar conservador oficialista, acomodado para los intereses patrioteros de la oligarquía conservadora y liberal, se erigieron miles de estatuas y se imprimieron miles de cartillas con una historia patria y boba para esterilizar las mentes de los niños y enseñar dogmáticamente un Bolívar irreal. Lograron su cometido, muchas generaciones de colombianos crecieron odiando esa mal contada historia patria. Después de la mitad del siglo XX, entre violencia y hambre, Bolívar fue olvidado, las cátedras bolivarianas desaparecieron, sólo quedaron por allí algunas sociedades bolivarianas con unos eminentes ancianos historiadores de oficio que mientras vivían sus últimos años parecían ser de otra época y mundo. Al final del siglo XX, Bolívar volvió a aparecer, las guerrillas tomaron su nombre como bandera, ¿qué tanto serán consecuentes con el pensamiento del Libertador? eso aún está por verse. Por ahora sólo se ha generado un inconveniente, a quienes amamos a Bolívar, que aunque somos pocos aún existimos, nos estigmatizarán y señalarán, porque en Colombia Bolívar pasó de ser una estatua  a ser olvido, y de allí, a ser subversivo.

Tal vez nos falta mucho para ver el fin del tiempo de los asesinos, nuestro origen fue una pasión de libertad encarnada en el hombre Simón Bolívar; a pesar de los miserables que aún detentan el poder, la pasión de unidad y libertad de Bolívar volverá. En algún momento volverá.

La mayoría de los que están presentes en este auditorio, escuchando esta mi última conferencia en Medellín, que muy amorosamente me están brindado su ayuda, para emprender mi  anunciado viaje a la tierra de Bolívar, saben que fui un chico temeroso, que me encerré en mis libros temiendo la violencia de las calles de Medellín, aferrado al amor de mi madre, mi padre y mis hermanos, —Mi familia que hoy está aquí presente, a quienes aprovecho la ocasión para agradecerles por la vida y para ofrecerles excusas por mis locuras— Digo, la mayoría de ustedes, saben que por miedo o por neurosis, yo construí mi identidad alrededor de la búsqueda insaciable de Bolívar, por él me hice historiador y a partir de él he construido mi existencia, los que me conocen saben que nos estoy exagerando. Ahora, cuando me encontré en un punto quieto, donde no pasa nada más con mi vida, cuando tan sólo he acumulado más y más torpezas en el amor y en el cotidiano vivir, vuelvo a seguir el rumbo que un día elegí, seguir las huellas de Bolívar, ¿que si estoy loco? Tal vez. Pero yo prefiero ser loco, danzar, volar, jugar…… a estar muerto en vida, tal cual como nos pretenden someter el capitalismo y el cristianismo.

Y ahora, parafraseando al Manuelito Fernández en Don Mirócletes de Fernando González... irme yendo, repito, para Venezuela, la patria del Frank David Bedoya Muñoz que deseo llegar a ser. Venezuela es la tierra de Bolívar y todo suramericano es venezolano. Irme yendo para allá, en busca de Bolívar, la única energía del continente.

¿Se me ha comprendido? Para afirmar la vida yo elijo a Bolívar.

Muchas gracias.      


[1] Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, Editorial Oveja Negra, 1989, p. 43.
[2] Simón Bolívar, Obras Completas, FICA. Fundación para la Investigación y la Cultura, 2008, Tomo IX, p. 535.
[3] Citado en: John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, 2006, p. 335.
[5] John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, 2006, p. 338.
[6] Ibíd., p. 266.
[7] Mario Hernández Sánchez-Barba, Simón Bolívar. Una pasión política, Ariel, 2004, p. 217.
[8] Simón Bolívar, Discursos y proclamas, edición digital de la Fundación Biblioteca Ayacucho.
[9] Simón Bolívar, Obras Completas, FICA. Fundación para la Investigación y la Cultura, 2008, Tomo V, p. 315.
[10] Ibíd., p. 332.
[11] John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, 2006, p. 334.
[12] María Teresa Calderón y Clément Thibaud, La Majestad de los Pueblos en la Nueva Granada y Venezuela 1780-1832, Editorial Taurus, 2010, p. 204.
[13] John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, 2006, p. VII.
[14] Simón Bolívar, Obras Completas, FICA. Fundación para la Investigación y la Cultura, 2008, Tomo IV, p. 179.
[15] Ibíd., Tomo V, p. 243.
[16] Ibíd., Tomo V, p. 393.
[17] Ibíd., Tomo VI, p. 192.
[18] Ibíd., Tomo VI, p. 266.
[19] Ibíd., Tomo VI, p. 275.
[20] Ibíd., Tomo VI, p. 335.
[21] Ibíd., Tomo VI, p. 505.
[22] Ibíd., Tomo VII, p. 304.
[23] Ibíd., Tomo VII, p. 320.
[24] Ibíd., Tomo VIII, p. 77.
[25] Ibíd., Tomo IX, p. 452.
[26] Ibíd., Tomo IX, p. 169.
[27] Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, Editorial Oveja Negra, 1989, p. 43.
[28] John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, 2006, p. 363.
[29] Gillet Saurat, Bolívar. El Libertador, Editorial Oveja Negra, 1987, p. 602.
[30] Simón Bolívar, Obras Completas, FICA. Fundación para la Investigación y la Cultura, 2008, Tomo IX, p. 322.
[31] Mario Hernández Sánchez-Barba, Simón Bolívar. Una pasión política, Ariel, 2004, p.257.
[32] John Lynch, Simón Bolívar, Crítica, 2006, p. 373.

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